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Ser auténtico en tiempos de redes sociales.

Hoy ser auténtico es un mandato, pero quien no expone su alma en redes, simplemente deja de existir. ¿Es eso autenticidad real?

El mandato de la singularidad

Si has trabajado alguna vez con un mentor, tutor, coach o similar, en el ámbito que sea, con toda seguridad has tenido que responder, antes de empezar, a la trascendental cuestión de cuál es tu valor diferencial, qué te hace distinto a otros profesionales de tu sector o por qué un potencial cliente debería elegirte a tí o a tu producto antes que al de la competencia.

Si te dedicas a la escritura, me atrevería a decir que la cosa aún se pone peor porque hoy en día, cualquiera que tenga conexión a Internet y sepa juntar letras, puede autopublicar un libro en Amazon con una portada generada por IA, y la demanda de lectores apenas alcanza para tanto autor con “voz propia” y urgencia vital de expresarse. ¿Quieres que te lean? Pues define tu marca personal, encuentra tu voz única, posiciona tu autenticidad y reza al algoritmo, porque si no puedes vender tu “singularidad” y destacarte entre tanta competencia, estás fuera del juego.

El problema es que eso que tú crees que te hace único y especial es sospechosamente parecido a lo que hace únicos y especiales a todos los demás escritores, y al final, en esta carrera por la singularidad, todos terminamos sonando igual.

Y en redes sociales —ese escenario donde hoy se libra buena parte de nuestra vida pública y emocional— esto se lleva al extremo: se nos insiste en la necesidad de ser nosotros mismos, expresar lo que sentimos y hablar de nuestros miedos.

Mostrarnos sin maquillaje… pero con buena luz.

Compartir nuestros traumas… pero en tono viral, bien editados y con cara de “esto es muy duro, pero estoy sanando”.

Y no te engañes: si tienes que editar tu vulnerabilidad para que guste, algo está fallando.

Ser auténtico se ha convertido en una estrategia de marketing personal con una narrativa estandarizada al servicio del algoritmo. Y si no entras en ese juego, si decides guardar silencio, proteger tu intimidad o simplemente no tienes ganas de compartir tu ansiedad con dos mil desconocidos a los que les importa un cuerno tu vida, entonces no te estás “trabajando”. Peor aún: no eres digno de confianza ni de respeto, porque en una cultura que mide la autenticidad por la cantidad de likes que recibe tu dolor, tu deber moral es compartirlo para ayudar a los demás.

Tu catarsis pública es un gesto valiente y necesario, y es lo que tus seguidores esperan de tí.

Callar, en cambio, despierta sospechas y se presta a interpretaciones: o lo cuentas tú, o se lo inventarán los demás. Es así.

En esta lógica, proteger la intimidad se ha vuelto casi un acto antisocial y subversivo. Rechazar la exposición pública no es un gesto de libertad, sino una amenaza para el orden emocional establecido.

Auténticos… pero solo si encajamos

Eso sí: todo debe hacerse desde una conciencia social muy afinada. Porque ser auténtico está bien, mientras no incomodes a nadie. Puedes ser tú mismo siempre que lo que sientas, pienses o digas encaje con lo emocionalmente aceptado, lo ideológicamente alineado y lo socialmente aprobado. Si te sales del guion, si no encajas en el molde progresista del momento, no eres auténtico: eres problemático. Y eso no gusta.

Lo irónico, sin embargo, es que esta “autenticidad” no nace del deseo real de libertad, sino del miedo a ser invisible, a no ser aceptado por el grupo. Si no dices nada, si no compartes tu “historia”, si no opinas sobre absolutamente todo… el algoritmo te entierra y el público te olvida. Pero si realmente lo haces —si de verdad piensas por tu cuenta, si te sales de la narrativa dominante, si no te emocionas como manda el algoritmo— quedas excluido del juego y eso es lo peor que te puede pasar. Peor aún que no gustar.

Porque sí, queremos ser verdaderamente auténticos, pero solo si eso nos proporciona aceptación. En realidad, lo que más deseamos es que otros «auténticos» nos reconozcan como miembros de su club exclusivo. Queremos ser únicos, pero iguales a los otros únicos, y en aras de esa singularidad impuesta nos vemos obligados a inventar una diferencia, incluso cuando no la sentimos, no la sabemos o simplemente no la necesitamos.

Así, acabamos pregonando sobre nuestra “voz única” mientras repetimos las mismas fórmulas narrativas, los mismos estilos, los mismos temas que ya han repetido otros hasta el aburrimiento. Decimos ser distintos, pero nos leemos igual. Y en ese intento de diferenciarnos, acabamos todos uniformados.

En mi opinión, eso no es ser auténtico. Es cumplir con un nuevo protocolo social disfrazado de espontaneidad.

 

¿Otra autenticidad es posible?

La pregunta incómoda es: ¿podemos escapar de esta obediencia disfrazada de originalidad?
¿Hay lugar para una autenticidad que no esté editada, aplaudida ni convertida en marca personal?

Sí, claro. Hay otro camino.

Pero quizás deberíamos preguntarnos si queremos seguirlo.

¿Qué es lo que buscamos, en realidad?

¿Ser libres? ¿O pertenecer?

En el fondo, querer ser aceptados no es tan extraño, ni tan criticable: es una mera cuestión de supervivencia que llevamos grabada en los genes desde el albor de los tiempos. El grupo, la tribu, la comunidad ofrece apoyo, protección y seguridad. Fuera, en solitario, las probabilidades de sobrevivir se reducen.

Aunque hoy en día creo que el peligro lo tenemos más dentro, que fuera: es más fácil que las redes acaben con tu salud mental, que seas devorado por un león de las cavernas.

Quizás, como en todo, el término medio, la moderación, sería lo deseable.

La comunidad real, no la virtual.

El respeto a la individualidad, al espacio personal, a la privacidad.

Compartir de tú a tú, sin likes, sin viralidad, sin aplausos.

¿Es posible? Me gustaría pensar que sí…

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