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LA REBELIÓN DE LOS AUTOPUBLICADOS ANÓNIMOS

Soy escritora autopublicada. Una más. Otra de los miles que cada día tratan de hacerse ver en el multiverso literario. No tengo una carrerón impresionante, ni una vida inspiradora, ni miles de seguidores en redes. No soy famosa, no salgo en la tele y no tengo un equipo de marketing detrás.

No tengo nada especial con lo que adornar una bío molona, así que he de tirar del socorrido «escribo para dar forma a mis pensamientos y refugiarme del mundo cruel que no me entiende».

Y no nos engañemos: que Carmen Posadas explique que de niña era un patito feo y escribía diarios lacrimógenos, tiene su gracia, pero que lo digas tú, Mari, no impresiona a nadie.

¿Qué hace falta, entonces, para que alguien se dé cuenta de que tu libro existe y, ¡oh, milagro!, lo compre y lo lea?

Esa es la pregunta del millón y yo, evidentemente, no tengo la respuesta. Aunque algo intuyo…

No es ningún secreto que, actualmente, todo lo que rodea la escritura tiene poco de arte y mucho de negocio y, como en todos los negocios, hay las grandes multinacionales que imponen las reglas y se comen el mercado, y hay el pringadillo motivado que sueña con ser escritor porque que una profesora que tuvo en el instituto le dijo que tenía mucho talento. La realidad, sin embargo, es que ese proyecto de vida tan romántico no es más que un pozo sin fondo que se traga con la misma voracidad su tiempo, sus ahorros y sus ilusiones. Eso sí, por una boca llena de flores, mariposas y pajaritos cantándole al oído, previo pago, los 5 secretos que las grandes editoriales no quieren que sepa para convertirse en escritor best seller.

Yo soy una de esas pringadillas, lo reconozco. Y vaya por delante que no me arrepiento en absoluto de haber optado por la vía de la autopublicación, entre otras cosas porque a estas alturas de mi vida no tengo ganas de perder el tiempo yendo detrás de nadie, ni de que me digan lo que tengo que hacer, escribir o publicar.

Pringada, pero libre.

Pero esa es otra historia.

La de hoy es que mientras lucho por hacer visible mi novela —aprendiendo marketing, a manejarme por unas redes sociales que me gustan menos que nada, y pagando de mi bolsillo campañas de publicidad Ads que apenas tienen repercusión— observo, impotente, cómo otros libros inundan escaparates y ferias, y se convierten en superventas. Libros escritos por deportistas, influencers gastronómicos, youtubers de moda o presentadores de televisión que de un día para otro deciden hacerse escritores y utilizan el medio público que les paga el sueldo para promocionarse. De repente, su ópera prima se convierte en la revelación del año, gana algún premio de prestigio y aparece reseñada al mismo tiempo por los bookstagramers más populares de las redes (esos mismos que se preciaban de apostar por los autopublicados y que ahora, mira tú, también se meten a escritores).

¿La razón? Sencilla: la editorial paga. Invierte en un nombre que vende, sea cual sea la historia que cuente.

¿Y esa historia, la escriben ellos? Alguno sí, supongo. Un periodista, como mínimo, debería saber juntar letras, y, para ser justos, hay que reconocer que periodismo y literatura van frecuentemente de la mano, con grandes resultados en muchas ocasiones.

Al César, lo que es del César.

Pero también sabemos que otros, no. Detrás de ese rostro archiconocido de la portada hay escritores fantasma, acuerdos editoriales jugosos, premios literarios pactados y promoción cerrada antes siquiera de que el manuscrito exista.

Plumas de reconocida trayectoria, como Rosa Montero o Arturo Pérez Reverte, lo han expuesto sin tapujos.

Así funciona el negocio editorial y hay que aceptarlo. La literatura se ha convertido en un escaparate donde vende más la historia detrás del autor, que la historia dentro del libro.

David contra Goliat.

Nuestros libros, los de los pringadillos, apenas logran visibilidad, aunque estén bien escritos. Son gotas de agua en el océano. Los únicos comentarios que recibimos son, con suerte, los de ese mentor que nos costó una pasta y que nos convenció de que el mundo estaba esperando el fruto de nuestro inmenso talento, y los de las cuatro amigas a las que les hemos regalado el libro, y que aprovechan para decirnos que la hija de su peluquera también ha escrito un libro porque tuvo depresión postparto y pensó que su experiencia sería inspiradora para otras mujeres.

Ninguna sorpresa. Hoy en día, cualquiera puede escribir un libro y subirlo a Amazon.

Hasta tú.

Y a pesar de ello, ahí estamos: escribiendo y creyendo en nuestras obras con una fe que resulta conmovedora.

¿Por qué lo hacemos?

Me lo pregunto todos los días, y no encuentro respuesta lógica.

Quizás es, simplemente, porque no podemos no hacerlo.

Porque no sabemos expresarnos de otra manera.

Porque realmente somos aquella criatura introvertida y sensible que escribía para dar forma a sus pensamientos y refugiarse del mundo cruel que la rodeaba.

Porque es nuestra voz, aunque no se oiga.

Por eso escribimos, aunque no tengamos focos ni editoriales dispuestas a apostar por un nombre sin seguidores en Instagram.

Porque seguimos creyendo en la fuerza de una historia bien contada.

Y lo hacemos para lectores que buscan algo más que perfiles mediáticos.

Para los que abren un libro por los personajes de dentro y no por el personaje de fuera.

Así que, si eres uno de esos autores que escriben en la sombra, si te has dejado la piel creando una historia y autopublicando, si te sientes invisible entre tanto libro prefabricado y te reconcome la indignación por no saber, o no querer, vender tu alma al diablo del algoritmo como hacen otros, déjame decirte que no estás solo.

Somos muchos los pringados que te entendemos, que sabemos lo que cuesta escribir una novela con cara y ojos y que transitamos este mismo viacrucis que empieza cuando escribes la palabra «Fin» en tu historia.

Esta carrera no es igual para todos. No partimos desde la misma casilla de salida, y mientras tú y yo avanzamos como podemos por un sendero angosto y lleno de obstáculos, otros parten directamente de una autopista de cuatro carriles.

Pero también te diré otra cosa: no es oro todo lo que reluce.

Nuestra literatura no será viral, pero es auténtica.

Y eso, tarde o temprano, encuentra a quien la quiera leer de verdad.

Es la esperanza que tengo…

2 Comentarios

  • Estela Marta Escudero de Kelly

    Desde el otro lado del mar, en los sures de América y mientras miro como amanece sobre Buenos Aires, leo esto y te doy las gracias: no estoy sola, ni me pasa sólo a mi. Me encanta eso de «pringadilla», término que acá poco se usa pero que define muy bien. He desistido de promocionar, de intentar que algún influencer comentador de libros de las redes lea mis novelas (regaladas y dedicadas con toda la esperanza puesta allí) . Ni por asomo una reseña; es que 800 páginas asustan a cualquiera y mis dos novelas tienen ese volumen. Me negué a cercenar el texto para adaptarlo a lo que las editoriales aceptan, me negué a quitar argumento y agregar «cuatro escenas de sexo» -consejo de una editorial grande- para que ellos tuvieran un calco de lo que siempre publican: esa no es la novela que escribí, le dije a mi alma y me fui. Y siempre recuerdo al editor que me abrió los ojos: prefiero publicar algo malo de un autor conocido que algo bueno de un escritor que nadie conoce. Y esa frase lapidaria, y acaso de por aquello de «hasta una patada en el traste te tira para adelante», me hizo decidir y soy autopublicada; autora y editora de mis novelas -gorditas, trabajadas durante siete años cada una- las que amo porque me enseñaron que escribir es maravilloso. Gracias por este artículo. Besos desde Argentina
    Estela Marta Escudero de Kelly. (Eme E de Kelly en facebook y Edekelly en instagram)

    • Anna Traver

      Concuerdo con todas y cada una de tus palabras. Yo lo tuve claro desde el primer momento, quizás por la edad, por el momento vital, por lo que fui investigando sobre el mundo editorial, un poco por todo: escribir no va a pagar mis facturas. Todo lo contrario. Por eso no voy a ir detrás de nadie. Escribo por lo mismo que tú, por lo mismo que otros muchos, por lo que me aporta. Y si en este camino tan solitario coincido con otras almas afines con las que compartir, ya siento que he triunfado. ¡Gracias por tus palabras y besos desde el otro lado del charco!

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